La Madre Gloriosa, tan ducha en acorrer
la que suele a sus siervos en las cuitas valer
a este condenado quísolo proteger
recordose el servicio que le solía hacer.
Y por fin le poníamos cara al traficante. Ese ser que jugaba con nuestras vidas por un puñado de dinero. Me lo imaginaba con un aspecto horrible, y sin embargo era un hombre de unos treinta años, alto y atractivo. Su voz era ronca y apareció con un cigarrillo en la boca dándonos órdenes sobre cómo teníamos que proceder. Se hacía llamar "Duque" ya que no iba a decirnos su verdadero nombre.
Duque nos indicó que deberíamos alojarnos en un apartamento mientras él gestionaba unos asuntos. No imaginábamos que estaríamos tantas personas hacinadas en ese espacio tan pequeño y que sólo disponía de un baño.
Al llegar allí nos encontramos un apestoso olor a humedad y cerrado. Ese iba a ser nuestro hogar durante un tiempo. En aquel lugar conocimos a todo tipo de gentes, culturas y edades. Familias tan desesperadas como nosotros.
El momento más desesperante era el de ir al baño, que siempre estaba ocupado por alguien y por lo tanto teníamos que hacer cola. Lo gratificante de esa espera era compartir gratas conversaciones con niños y niñas de mi edad.
Ya habían pasado unos cuantos días y Duque no daba señales de vida. Nuestra incertidumbre a la vez que los alimentos y medicamentos disminuían. Nadie se atrevía a salir de aquel lugar por miedo a ser descubiertos, ya que no dejábamos de ser refugiados. Algunos empezaban a enfermar y todos estabamos desesperados al no tener noticias de Duque. ¿Se habría largado con nuestro dinero? Si es así... ¿Qué sería de nosotros?
Fuimos los más jóvenes los que tomamos la decisión de salir a escondidas a por víveres, y así lo hicimos. Pisar la calle después de tantos días encerrados allí, fue placentero. Al salir aprovechamos para buscarle, y también comprar medicamentos para los enfermos. Al volver al apartamento todos los que estaban allí nos agradecieron el haber salido a buscarle y comprar lo necesario, pero decirles que no había habido suerte y que no habíamos dado con él no fue de nuestro agrado.
Al cabo de tres días, un móvil en la casa sonó. Era Duque, diciéndonos que en media hora se presentaría en la puerta con todos nuestros pasajes. Cuando llegó salimos todos y fuimos al puerto de Valencia donde embarcaríamos en el Stanbrook. Mi madre, Carlos y yo estábamos muy ilusionados al saber que zarparíamos a nuestro destino. De repente una voz masculina se escuchó por los megáfonos diciendo: en la fila de la derecha irán hombres y niños, y en la fila de la izquierda se colocarán mujeres y niñas. En un momento se formó un enorme jaleo de voces chillando y pidiendo que no nos separasen en aquellas filas. Sabíamos que Duque no nos devolvería el dinero de los billetes, así que tendríamos que pensar qué hacer. Si embarcar en el Stanbrook sabiendo que nos separarían, o quedarnos juntos en tierra.
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